Hay ciertas ocasiones  en las que  como oradores necesitamos proyectar una imagen de liderazgo de absoluta credibilidad y autoridad, con un alto nivel de profesionalidad.  Puedes ser el lanzamiento de un nuevo producto, una negociación difícil o el comienzo de unas relaciones comerciales.

Tal vez tengas la suerte de ser naturalmente reconocido y tu reputación te preceda, pero para los demás mortales, alcanzar este grado de credibilidad – y mantenerlo- no es tan fácil.

¿Te has visto alguna vez en alguna de estas situaciones?

  • Eres joven (o lo pareces).
  • Estás hablando con oyentes que son más altos que tú.
  • Eres el primer representante de tu empresa (u organización, o gobierno) que estos oyentes hayan visto.
  • Eres mujer en una industria históricamente poblada por hombres.

En circunstancias y situaciones de liderazgo similares a éstas, es probable que carezcas de confianza en el papel que se te ha asignado para jugar. Afortunadamente, el mundo del teatro ofrece un ejercicio fácil y eficaz para ayudarte. Después de todo, los actores se enfrentan al mayor desafío de credibilidad de todos noche tras noche: convencer a las audiencias de que son alguien que todo el mundo sabe que no son.

El ejercicio de imaginar que eres un árbol

 

Puede que suene algo tonto, pero da muy buenos resultados. Con los pies firmemente apoyados en el suelo, entre uno y otro pie no excedas el ancho de tus caderas. Conforme te acomodas en esta postura sientes que estás estable y firme. La razón por la que nos sentimos bien en esta postura tiene que ver con el concepto muy importante de “puesta a tierra”. Los actores e intérpretes del escenario entienden que gran parte de su poder en el rendimiento proviene de la “tierra” en la que se encuentran. En las primeras formas de teatro, por supuesto, eso significaba la tierra misma.

En el ejercicio de puesta a tierra, imaginamos que, al igual que un roble o un arce de 100 años de antigüedad, tenemos raíces profundas y anchas en la tierra. Como ese árbol, somos firmes, seguros e inquebrantables mientras nos mantenemos altos y orgullosos.

Al hablar en público, el lenguaje corporal sólido, fuerte y enraizado marca la diferencia.

Pregúntate antes de entrar al escenario o la presentación: ¿Estoy de pie, bien fundamentado como ese árbol? Si los miembros de la audiencia me lanzan un rayo con forma de pregunta ¿Seré capaz de permanecer “de pie”?

¿Pareces débil o fuerte?

 

Aunque no se les vea, los oradores que se apoyan solamente en un pie o cruzan los tobillos detrás del atril, tienen dificultades para convencer a los otros de su autoridad. No se lo creen, su cuerpo lo transmite y el público lo capta sin que medie ni una sola palabra.

Compruébalo tu mismo: Frente a un espejo párate firmemente sobre tus pies colocados como máximo en el ancho que ocupan tus caderas, ni más, ni menos. Luego cruza los tobillos. ¿Qué posición te hace sentir más fuerte y más profesional?

Cuando uno se planta con firmeza frente a los demás, la autoimagen que se produce en su propio inconsciente es de confianza y preparación. De ese pensamiento emergen otras expresiones físicas en forma natural que te ayudarán a mantener tu confianza. Es un ciclo de auto-regulación que continuamente le da al orador lo que podríamos llamar “fuerza de carácter” como presentador.

Combina este profundo sentido de la presencia con la adecuada preparación de tu discurso, practica la respiración diafragmática, y te verás y sonarás como una persona contundente, creíble y con autoridad. Si te atreves, tu liderazgo se volverá inconfundible.

¿PROYECTAS AUTORIDAD AL HABLAR EN PÚBLICO?
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